viernes, 27 de julio de 2007

ENSAYO


Qué Educador Quiero Ser


¿Qué significa ser educador? La profesión docente es noble y enriquecedora para quien la ama verdaderamente, pero puede llegar a ser el fastidio más grande para quien se acerca a ella por error, o porque constituye la última salida profesional y un sueldo más o menos seguro.


Los educadores deberíamos preguntarnos siempre: ¿En qué medida afectará a mis alumnos esto que hago hoy? ¿Cómo reaccionarán ellos años después? y ¿cuánto de esa reacción será producto de mi actuación de hoy?


Ser educador significa ser instruido, culto, paciente y firme; ser astuto, sutil, fuerte, resistente y perseverante. Y por encima de todo significa saber amar, y comprender claramente la influencia que puede proyectarse sobre los alumnos; la enorme responsabilidad que implicar emular a Dios en alguna medida, al contribuir el mundo del mañana


La vocación es una característica indispensable, porque representa la dinámica que debe motivar la acción docente; es considerada como el amor por nuestra labor. Esta condición, que siempre ha sido muy valorada al punto de que no nos es ajena la frase de que “el maestro nace” más que se hace (lo cual es cierto a medias, porque también es indispensable “que se haga” o se forme como tal), en la época actual es casi más valiosa que nunca, porque dentro de concierto de la cantidad de opciones profesionales que se ofrecen en la sociedad contemporánea a los jóvenes para escoger su carrera, si se escoge la docencia es porque en verdad se tiene seguridad sobre la vocación; este ejercicio profesional no es lo lucrativo que otros pudieran ser, y el escogerlo denota que en la persona que lo hace pesan más los valores de su vocación que los intereses materiales.


Tener conciencia sobre la responsabilidad que implica no sólo el enseñar contenidos curriculares, sin la trascendencia de la labor de formación del hombre, de ciudadanos de quienes se espera que lleguen a ser personas positivas para el país. Conciencia de esta seria responsabilidad significa comprender que compete a educador una participación, que puede ser decisiva, en la formación integral de los educandos de hoy, hombre y mujeres de mañana. Reflexionar en cómo ellos se deben incorporar a la colectividad como individuos socialmente valiosos y en cómo nuestras acciones se pueden proyectar con ese objetivo, es tener una clara perspectiva de la trascendencia de la función de educar, y no sólo de enseñar más o menos contenidos de aprendizaje.


Ser un modelo es una construcción continua en la tarea del educador, que ninguno que se precie de tal puede eludir. El constituirse en un ejemplo ante los alumnos surge de la propia índole de la enseñanza, y si el maestro o el profesor rehúsan desempeñar cabalmente este papel, reducen en forma considerable la eficacia de su labor. Pero también hay que pensar que, así como la persona misma “se va haciendo” en el curso de la existencia, el buen maestro se va haciendo un mejor modelo conforme va madurando su propio “ser” de educador. En ese sentido, es muy necesario tener siempre una capacidad de autoexamen, para valor si aquellas cualidades que pretendemos trasmitir a los educandos existen realmente en nosotros mismos porque, si no fuera así, nuestra tara educadora será inconsistente y hasta falsa.


Tener capacidad de autocrítica para evaluar las propias acciones, tanto las docentes estrictamente dichas, su eficacia o su inoperancia, si hemos sido justos o no, si los hemos atendido o los hemos ignorado en sus problemas. No hay evaluación más justa que la que el propio educador puede hacer de sí mismo, porque ésta implica una continua confrontación con su conciencia.


Ser un buen comunicador es una condición indispensable para todo buen docente. Ello implica que es necesario no sólo conocer bien la materia que se enseña –o, mejor, que se propone para que los alumnos aprendan, sino que se requiere tanto de habilidad para transmitir los saberes, como de claridad, de entusiasmo y de convicción acerca de estos, para motivar en los alumnos el deseo de aprender. Sí puede ser muy cierta la teoría de que el conocimiento no se transmite en sentido estricto, sino que cada uno lo debe obtener por sí solo, teoría que sustenta el principio del autoaprendizaje, también es cierto, por otra parte, que el docente tiene la capacidad par hacer el aprendizaje más asimilable, más claro, más inteligible y para motivar a los alumnos en el proceso de obtenerlo, afianzarlo y, especialmente, poder aplicarlo. Todo ello depende mucho de la facilidad que él o ella tengan para comunicar y para establecer esa especie de empatía intangible educador educando de la cual depende, en gran medida, el éxito del proceso enseñanza y aprendizaje.


Tener capacidad de adaptación a la clase, lo cual implica no sólo la adecuación de la materia a los principios metodológicos del aprendizaje, para hacerla asimilable, sin también la comprensión psicológica de los alumnos: adaptación a su edad, a sus características sociales, a los problemas que puedan tener. En este sentido, es fundamental conocer y respetar las diferencias individuales, dentro de lo cual hay que saber identificar capacidades y talentos particulares de los alumnos, a fin de ofrecerles oportunidades de avance y superación.


Es importante recordar lo siguiente: El respeto a los educandos, la claridad en la comunicación, brindar la atención adecuada a las dificultades en el aprendizaje o al talento que ellos muestren, son condiciones tan necesarias en los docentes como la vocación y la idoneidad personal.